El pájaro que bebe lágrimas de Lee Young-Do: La fragilidad como último acto de libertad
‘El pájaro que bebe lágrimas’ (Minotauro
2024) —primero de cuatro tomos de la obra maestra de Lee Young-Do— teje un
universo donde mitología surcoreana y conflictos raciales chocan en una trama
que explora el dolor como moneda de cambio y la violencia como lenguaje del
poder. La historia sigue a Ryun Pei, un Naga que desafía los cimientos de su
sociedad, mientras el pájaro del título —símbolo de un rey que consume lágrimas
para vaciar al pueblo de humanidad— vigila cada giro del destino.
La metáfora del pájaro no es
casual: como advierte el personaje Keigan Draka, “el rey bebe las lágrimas del pueblo, permitiendo que sin ellas se
conviertan en seres sin corazón”. Esta imagen, poética y desgarradora,
refleja un sistema donde el sufrimiento se institucionaliza, y la corona
manipula el dolor hasta convertirlo en silencio. Pero si el pájaro es la voz
del opresor, Ryun Pei encarna la resistencia. Joven Naga, se niega a someterse
al ritual que su cultura exige: a los 22 años, los hombres deben extraerse el
corazón para alcanzar la inmortalidad, un proceso que los vacía y los aleja de
sus familias. Para Ryun, perder el corazón no es ganar eternidad, sino
renunciar a lo que lo hace sentir vivo.
La tensión estalla el día de su
ceremonia de extracción. Ni siquiera habían alcanzado a someterse al ritual cuando su amigo Hwarit es asesinado y él es acusado de ese crimen. Forzado a huir, Ryun emprende un viaje al norte para cumplir la última voluntad
del difunto: cantar una canción que lo que
lo hará reconocer como el Naga que debe ir al templo Jainsha.
Este viaje, físico y existencial, lo arrastra lejos de las cadenas de su
cultura, pero más cerca de un secreto ancestral: en la Torre Corazón, los
hombres Naga no solo guardan corazones inmortales, sino un poder que las
mujeres ignoran. Mientras tanto, su hermana Samo Pei es designada su verdugo
bajo el “shochainteshikutol” —derecho
ancestral que permite a la familia de Hwarit ejecutarlo, incluso si el acusado
es un hombre—, un rol que desnuda la paradoja de un sistema que esclaviza a
ambos géneros.
Las mujeres, como la despectiva
Karindol Maquerou, creen controlar a los hombres —“Hazme un favor y no hagas esas absurdas personificaciones de los
hombres, como si tuvieran voluntad e inteligencia. (…) ¿Sabes por qué las
mujeres simplemente esperan a los hombres en casa? Porque están preocupadas de
que si salen fuera y compiten por un hombre, ellos podrían volverse
orgullosos”—, pero la rebelión de Ryun revela que la sumisión es una farsa.
Su huida no es solo escape: es un acto político que cuestiona las mentiras
aceptadas por siglos.
En paralelo, la novela despliega
su épica con la llegada de Tinajan, Bijiong Surabul y Keigan Draka, tres
figuras del norte unidas por una profecía: “solo
tres pueden luchar contra uno”. Draka, líder y guía del grupo, es una
contradicción caminante: exterminador de Nagas obligado a salvar a Ryun, su
odio —arraigado en un trauma pasado— choca con la necesidad de cooperar. Aquí,
Lee Young-Do no construye héroes, sino seres fracturados: los Lekones,
guerreros pájaro condenados a la guerra; los Dokebi, duendes del fuego que
juegan con el caos, pero se rehúsan a matar cualquier ser vivo; y los propios
Naga, atrapados entre la espiritualidad y la rigidez de sus tradiciones. Keigan
Draka —cuyo nombre es un puñal simbólico: “León Negro” y “Dragón”, dos bestias
que los Naga exterminaron siglos atrás— personifica la ironía de un cazador
obligado a salvar a su presa. Bajo su máscara de cortesía, Draka es un huracán
de rencor: en sombras, asesina a los Naga que encuentra, como si cada muerte
fuera un tributo a las especies borradas por su arrogancia. Los Naga, pese a su
devoción por los bosques y montañas, no perdonaron jamás a las criaturas que
consideraron salvajes, y Draka, último vestigio de ese odio, es su castigo
vivo.
La riqueza del folclore
surcoreano impregna cada página, pero no como mero adorno. Los Dokebi,
inspirados en duendes tradicionales, encarnan el fuego como metáfora de
destrucción y renacimiento; los Naga, con su conexión a la naturaleza
—selectiva y manchada de sangre—, simbolizan la memoria colectiva que el poder
intenta borrar. Esta es una fantasía que habla coreano, pero resonará en cualquier
idioma: cuando Ryun Pei elige sentir —aunque duela— frente a la insensibilidad
de la inmortalidad, se convierte en espejo de cualquiera que haya desafiado
normas por defender su humanidad.
‘El pájaro que bebe lágrimas’
trasciende el género. Con prosa tallada en simbolismo, Lee Young-Do cuestiona
cómo el poder revela, cómo la tradición asfixia y cómo el sufrimiento, cuando
se bebe en silencio, nos vacía. Ryun Pei no es un héroe: es un joven que
prefiere un corazón latiendo a una eternidad fría, y en esa elección —tan
vulnerable como valiente— se esconde la verdadera revolución. El pájaro puede
beber lágrimas, pero esta novela nos recuerda que, mientras queden voces
dispuestas a cantar o a gritar, la esperanza sigue viva.

