Amanecer en la cosecha: cuando sobrevivir duele más que morir
Terminé Amanecer en la cosecha de
Suzanne Collins y todavía tengo el pecho apretado. Volver al universo de Los
Juegos del Hambre, pero ahora desde Haymitch, fue reencontrarse con la crueldad
del Capitolio, pero también con un dolor más silencioso. Él no es Katniss. No
tiene su fuego, ni la claridad de Peeta. Haymitch sobrevive, y eso ya es una
forma de resistencia.
Cuando leí la trilogía original era
joven. Recuerdo que devoré esos libros, y en mi cabeza Katniss hablaba con una
prosa poderosa. Al comenzar este nuevo libro, ya adulta, sentí algo raro: me
pregunté si Collins siempre había escrito así. ¿Era la traducción? ¿Era yo? No
lo sé. La historia no es mala, para nada. Pero hubo momentos en que me costó
conectar con la forma. Quizá porque tengo en el corazón los originales, o quizá
porque esperaba otra cadencia. Aun así, seguí, porque Haymitch tiene algo
magnético, incluso en su juventud.
Haymitch no es perfecto. Es
carismático, sí, pero también más superficial, más adaptado a la miseria del
Distrito 12. Lo que le pasa el día de su cosecha —su cumpleaños— es brutal. “Snow me tiene cogido por el cuello y lo
sabe”. Esa frase, para mí, dice más que mil palabras. Y es que los 50
Juegos del Hambre, el Segundo Vasallaje, son una pesadilla amplificada: cuatro
tributos por distrito, el doble de lo habitual, como un recordatorio cruel del
Capitolio de que por cada uno de los suyos que murió, dos rebeldes deben pagar.
La arena se convierte en un caos de sangre y traiciones, y Haymitch, con su
ingenio, logra sobrevivir usando el propio sistema del Capitolio en su contra,
un acto de resistencia que le cuesta más de lo que jamás imaginó.
Las heridas que deja la arena no
son solo físicas —un corte que lo tuvo al borde de la muerte—, sino
emocionales. Haymitch carga con la culpa de no haber protegido a los más
vulnerables, como una niña frágil que parecía un pollito aprendiendo a caminar,
y con el peso de haber sobrevivido a costa de otros, con un “fantasma” que lo
persigue recordándole que su victoria no fue justa. Pero también hay destellos
de luz en la oscuridad: una aliada fuerte, con un corazón rebelde que planta
las semillas de la resistencia, alguien que le enseña que el Capitolio puede
matar, pero no poseer. Esa conexión, que empieza con desconfianza y se vuelve
hermandad, es uno de los hilos más dolorosos del libro, porque sabemos que en
Panem nadie se salva.
Si hay un personaje que me
sorprendió para bien, fue Effie Trinket. En los libros originales es casi un
chiste al principio, pero aquí… uff. Aquí la ves adoctrinada, atrapada en una
ideología que repite con una sonrisa. Se avergüenza de sus abuelos por haber
sido pro rebeldes en los Días Oscuros. Y sin embargo, se quiebra. Siente
empatía real por Haymitch, por los niños. Dice frases como “Son necesarios,
¿sabes, verdad?” —refiriéndose a los juegos— y Haymitch, en lugar de odiarla,
piensa que simplemente le falta saber. Esa línea me tocó. Me recordó a toda esa
gente que vota cegada por la propaganda, que repite lo que ve sin entender lo
que implica. Que no es mala, solo no ha visto lo suficiente.
El libro me gustó, sí. Me
emocionó. Pero también me frustró. Hay momentos de enorme impacto —ese último
capítulo me tenía al borde de las lágrimas—, pero justo cuando todo se quebraba
dentro mío, aparece un poema larguísimo, una referencia al cuervo de Poe, que
me sacó completamente del momento. ¿Por qué ahí? ¿Por qué así? ¿Por qué no
confiar en el silencio, en la herida abierta? Sentí que me robó el desenlace
que ya estaba latiendo fuerte. Son 13 páginas que buscan mostrar su tormento,
pero terminan diluyendo la crudeza de esa voz que me había atrapado.
Este no es un libro. Es una
herida que se abre cada vez que recuerdas que Haymitch, en algún lugar, sigue
oyendo a Sid decirle Feliz cumpleaños mientras mira a dos niños caminar hacia
su muerte. Y lo peor es que tú, lector, ya sabes cómo termina esta historia.
Collins no te deja escapar: te obliga a cargar con eso. Como Snow. Como el
Capitolio. Como todos nosotros.
PS; ¿Te dolió la reseña? El libro
duele más. Cómpralo aquí [link] y ayúdame a seguir destripando libros. Y no, Snow no me paga comisión.


