Lo que más me gusta son los monstruos 2 de Emil Ferris: La aceptación de lo imperfecto

 


‘Lo que más me gusta son los monstruos: Libro segundo’ (Reservoir Books 2024) de Emil Ferris nos lleva de vuelta al universo de Karen Reyes, una niña de 10 años que ve el mundo a través del lente de los monstruos, en un Chicago de 1968 marcado por la agitación social. En este segundo volumen, la historia va mucho más allá de lo que conocimos en el primero, desarrollándose en una trama más profunda, madura y cargada de emociones. Ferris no solo retoma la narrativa, sino que la eleva al explorar con mayor intensidad los dilemas internos de Karen y la oscuridad que la rodea.

La muerte de su madre marca un antes y un después en la vida de Karen. A partir de ahí, todo cambia: su mundo, su relación con los monstruos, y su forma de entender lo que le rodea. La búsqueda de respuestas que la motiva sigue latente, especialmente con el misterio de la muerte de Annika, la vecina superviviente del Holocausto, pero esta vez la oscuridad es más palpable. Y aunque el libro sigue manteniendo esa estructura visual tan única, con sus ilustraciones exuberantes y detalladas, la escritora aprovecha este segundo volumen para profundizar aún más en los temas sociales y emocionales que ya nos había presentado.

Uno de los aspectos que más me sorprendió en este segundo volumen fue la aparente disminución en el uso del color. Lo interpreté inmediatamente como un reflejo del estado emocional de Karen, quien tras la muerte de su madre parece haber perdido la capacidad de 'ver' el mundo de la misma manera. El último color que pudo ver fue el verde del bosque en los ojos de su madre antes de que el cáncer la consumiera. Más tarde, al revisar el primer volumen, me di cuenta de que ambos libros tienen una cantidad similar de imágenes a color y en blanco y negro. Pero esa sensación, esa “colorización mental”, como la llamo, fue una manifestación emocional tanto de la historia de Karen como de la mía: Yo también perdí a mi madre por el cáncer, y fue inevitable proyectar ese dolor en la obra de Emil Ferris. Cada sombra, cada espacio en blanco; es sutil, pero emocionalmente resonante, evocando un proceso en el que mi mente llenaba los espacios vacíos con matices que reflejaban tanto el sufrimiento de Karen como el mío.

El arte de la autora es impresionante. No se limita a ser una extensión del texto, sino que narra por sí solo. La elección de colores, las líneas exageradas, y las sombras son vehículos emocionales que llevan al lector a sentir lo que Karen siente. Las escenas donde Karen está rodeada de los afiches rotos de sus monstruos son impactantes: reflejan su frustración, su duelo, su lucha por entender un mundo que se siente cada vez más injusto. Ferris logra que esos monstruos, que alguna vez fueron un refugio para Karen, ahora se conviertan en un recordatorio doloroso de lo que no pudo salvar.

Aunque la historia es contada desde la perspectiva de una niña, está lejos de ser un libro infantil. La escritora aborda temas complejos como la homofobia, la corrupción, la injusticia racial, e incluso la guerra de Vietnam. A través de los ojos de Karen, expone las fisuras de una sociedad que se desmorona. Lo que más me impacta es cómo utiliza la inocencia de Karen para resaltar estos problemas: su manera de ver el mundo, sin los filtros ni los prejuicios de los adultos, deja al descubierto la hipocresía, la violencia y el caos que la rodean.

La relación de Karen con su hermano Deeze, su primer amor por Shelley, y su vínculo roto con su madre fallecida se sienten auténticos. No simplifica la vida de Karen ni la convierte en una caricatura de niña; la complejidad emocional que logra transmitir a través de ella es algo que pocos autores logran. Aunque sigue fascinada por los monstruos, Karen siente resentimiento porque esos seres que tanto veneraba no mordieron a su madre para convertirla en algo sobrenatural y salvarla de la muerte. Su dolor es palpable. A pesar de tener a su hermano, que trabaja esporádicamente como matón para el señor Gronan —un gánster dueño del edificio en que viven—, Karen sigue estando sola. Este aislamiento se profundiza con el constante recuerdo de su madre, quien también veneraba a los monstruos, aunque los suyos fueran de carácter religioso.

Cuando la niña loba confiesa: “Me duele echar tanto de menos a mi mamá, pero el secreto que me avergüenza es el alivio que siento porque en realidad ya no me hable nunca más, así solo tengo que imaginármela (rodeada de sus viejos colegas, Jesús, y los santos) mirándome decepcionada mientras me enamoro hasta las zarpas de Shelley”, resuena una verdad que todo hijo, de alguna manera, carga consigo: ese miedo constante de no cumplir con las expectativas de nuestras madres. Es un sentimiento universal, ese temor a que, desde algún lugar, nos miren con desaprobación, como si jamás llegáramos a ser lo que esperaban de nosotros.

Leer Lo que más me gusta son los monstruos: Libro segundo fue un consuelo y una fuente de inspiración. Ferris consigue algo extraordinario: presenta una novela gráficamente perfecta, con cada trazo y detalle meticulosamente elaborado, pero nos invita a reflexionar sobre la aceptación de lo imperfecto. En este volumen, Karen no solo lidia con la muerte de su madre, sino también con la realidad de que su hermano Deeze, aunque es un matón de barrio y probablemente un asesino, sigue siendo su familia y la protege a su manera. Esta aceptación de lo imperfecto en los demás y en uno mismo es el corazón de la obra.

Lo que hace aún más interesante esta reflexión es la forma en que Karen se ve a sí misma: una niña loba, un monstruo, rodeada de las criaturas que tanto admira. Es aquí donde radica el verdadero contraste: los monstruos que ella ve en los demás, y que nosotros también solemos ver en nosotros mismos, son solo reflejos de nuestras complejidades. La creadora nos muestra que, aunque el arte de la novela roza la perfección, el mensaje profundo es la aceptación de nuestros propios defectos. Los monstruos somos nosotros, y reconocerlo nos humaniza.

No quiero terminar esta reseña sin decir que Emil Ferris no solo ha creado un universo visual y narrativo impresionante, sino que ha logrado plasmar una profundidad emocional que pocos autores consiguen. Este libro es un reflejo de la vida misma: llena de oscuridad y sombras, pero también de pequeños destellos de luz y esperanza. Ferris ha construido algo que va mucho más allá de las criaturas de la imaginación de Karen. Nos muestra los horrores de la realidad y cómo los enfrentamos, con miedo, con dolor, pero también con una voluntad inquebrantable de seguir adelante.

‘Lo que más me gusta son los monstruos: Libro segundo’ un libro que no solo se lee, sino que se siente.


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