El sótano rojo: Chile, una casa embrujada enraizada en sangre

 



En ‘El Sótano Rojo’ (SUMA de Letras, 2024), Jorge Baradit nos lanza al centro de un vórtice emocional donde el terror no proviene de fantasmas ni criaturas imaginarias, sino de las heridas profundas que dejó la dictadura en Chile. La novela fusiona el horror político con lo sobrenatural, golpeando directamente el corazón y la memoria de un país que “no quiere ser salvado”.

La trama sigue a Tamara, una estudiante de arquitectura obsesionada con encontrar el cuerpo de su madre, asesinada por agentes del Estado durante la dictadura. Su búsqueda, alimentada por psicofonías, videntes y conversaciones con académicos, no solo la enfrenta al pasado de su madre, sino al de su país y su propia familia. Tamara encarna la furia y el dolor de una generación que exige respuestas. En su relación con su padre se refleja el quiebre generacional: ella lo ve como un cobarde vendido al sistema tras el fracaso de la revolución, mientras él representa esa clase acomodada que prefirió el olvido a la lucha.

Todo cambia cuando Tamara descubre una vieja casona en Santiago Centro, la única pista que la conecta con su madre. Por una casualidad que pronto deja de parecer fortuita, arrienda una habitación en la casa, sin saber que allí habita el horror. El conserje, Genaro, le advierte sobre ruidos por remodelaciones en curso, pero pronto queda claro que lo que vibra dentro de esas paredes es algo más oscuro. Con la ayuda de Rosario Soto, una médium excéntrica y sí, carismática, Tamara descubre que la casa no solo fue un centro de tortura, sino que está viva. Es un organismo: una criatura que respira, vibra y devora, alimentada por las almas de quienes sufrieron en su interior.

La casa no es solo un lugar de horror físico. En sus pasillos vivos, Rosario y Tamara desentrañan historias de fantasmas que rondan el lugar: víctimas de la dictadura, pero también demonios antiguos, seres exterminados a lo largo de la historia de Chile, atrapados entre planos y clamando venganza. Es aquí donde Baradit despliega toda su potencia narrativa, entremezclando el folklore chileno con una feroz crítica a la impunidad. La casa se transforma en una metáfora del país: una estructura aparentemente sólida, pero cimentada sobre un pozo de sangre y horror.

El miedo en ‘El sótano rojo’ no se limita a los sustos fáciles. Es el terror que permanece mucho después de cerrar el libro: las imágenes de tortura y los susurros de las víctimas siguen acechando por mucho tiempo. El autor nos recuerda que el mal no siempre tiene un rostro monstruoso; a veces es un “tatita” de apariencia bondadosa, o un tío que sonríe mientras lanza comentarios venenosos. Así, nos enfrenta a un miedo cotidiano: el vecino que delata, el militar que ejecuta, el aristócrata que ordena. Es el reflejo de una sociedad que, en muchos casos, eligió mirar hacia otro lado.

La narración avanza en un ritmo laberíntico, como la casa misma, en cuyos pasillos vivos Tamara y Charito exploran mientras la médium cocina cazuelas y revela secretos de un mundo que aún libra batallas invisibles. Este contraste entre lo cotidiano y lo extraordinario, lo humano y lo inhumano, se profundiza en las crudas y grotescas descripciones que ofrece el escritor. El relato no se detiene en lo físico, sino que nos lleva a un terreno más allá de lo tangible: una guerra entre dimensiones, donde los ecos del sufrimiento y la opresión se enfrentan a los demonios de la Recta Provincia, un Estado colonizado y casi exterminado que busca venganza. Así, se entrelazan la realidad histórica con la ficción para recordarnos que estos horrores no están —para nada—, confinados en el pasado.

Baradit escribe con rabia, y esa furia atraviesa cada página. Tamara, con su carácter crítico y su desesperación, encarna a quienes no toleran la pasividad de un sistema que perpetúa la impunidad. Pero también proyecta su propia frustración en los demás, condenando a una sociedad que considera ignorante y sumisa. Es fácil identificarse con su desesperación, incluso cuando sus acciones rayan en la autodestrucción.

Sin embargo, ‘El sótano rojo’ no es una obra perfecta. La narrativa, en ocasiones, se siente claustrofóbica, atrapando al lector en los mismos pasillos oscuros que recorren Tamara y Rosario. También hay ecos de otras obras del autor que podrían resultar familiares para sus lectores. Aun así, el impacto de la novela es innegable.

‘El sótano rojo’ es un grito de rabia, un llamado a la memoria y una advertencia. Es un libro que no se queda en el papel, sino que se adhiere al lector con su prosa implacable y su imaginario perturbador. El autor demuestra, una vez más, que el verdadero terror no está en lo sobrenatural, sino en la historia que se repite y en los fantasmas que un país aún se niega a enfrentar.

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