Blackwater V y VI: La Fortuna y La Lluvia de Michael McDowell. La Prosperidad de los Caskey y el ocaso de Perdido
Michael McDowell cierra su
fascinante saga Blackwater con ‘La Fortuna’ y ‘La Lluvia’, dos libros que
encapsulan el destino trágico y sobrenatural de los Caskey, una familia que
prosperó al precio de sus secretos más oscuros. Estas entregas finales
intensifican el drama familiar, desvelan horrores reprimidos y traen consigo un
diluvio que amenaza con borrar todo lo que los Caskey han construido.
En ‘La Fortuna’, Elinor reafirma
su control absoluto sobre el destino de la familia al confiarle a Miriam un
secreto que sellará su poder económico: los pantanos de Perdido esconden
petróleo. En una jugada estratégica, adquiere parte de esta riqueza a nombre de
Miriam, consciente de que el orgullo y resentimiento de su hija nunca
aceptarían un regalo directo de su madre. Miriam, en esencia, siempre ha sido
una creación de Mary-Love, y aunque su relación con Elinor ha evolucionado, la
sombra de su abuela persiste. La relación entre madre e hija, que por momentos
parece estar marcada por la manipulación, revela también una vulnerabilidad
emocional, pero siempre con la constante de la frialdad calculadora de Elinor.
A medida que Miriam asegura el
apogeo económico de los Caskey, McDowell construye un personaje que opera a un
nivel de inteligencia y frialdad sobrehumana, pero que a veces parece tener
destellos de emociones humanas. Su relación con Oscar y su familia deja
entrever un amor que nunca está completamente desprovisto de intención. Al
igual que Elinor, cuya maternidad parece más estratégica que emocional, el amor
en esta saga parece tener la misma naturaleza que el río Perdido: una fuerza
implacable, serena en la superficie y peligrosa en las profundidades.
‘La Lluvia’ trae consigo un
torbellino de pérdidas y revelaciones sobrenaturales. La muerte de Oscar,
brutalmente asesinado por los espectros, revela un atisbo de remordimiento en
Elinor. Sin embargo, ese remordimiento no es claro ni concluyente. Puede que
sea una reacción de pérdida, pero también podría ser un instante en el que su
fachada calculadora empieza a resquebrajarse. Esto es lo que hace a Elinor un
personaje tan fascinante y complejo.
El regreso del fantasma de
Mary-Love, acompañada por el espectro del pequeño John Robert DeBordenave —el
niño autista que Elinor sacrificó al río años atrás—, añade un elemento de
justicia poética y horror al desenlace. Mary-Love, siempre atenta a los pecados
de Elinor, parece reclamar el equilibrio en un momento de máxima vulnerabilidad
para la matriarca de los Caskey. Es imposible no sentir que el peso de sus actos
finalmente le cobra factura.
La agonía de Elinor no solo
desestabiliza a la familia, sino que también afecta al entorno físico de
Perdido. Con el Blackwater y el Perdido al borde del desbordamiento, los
ingenieros militares llegan al pueblo, intentando contener una naturaleza que,
como Elinor, siempre ha sido indomable. La lluvia incesante parece simbolizar
la caída definitiva de los Caskey, mientras el pasado regresa con fuerza para
cobrarse lo que se les debía.
Entre tanto, Frances, quien
heredó de su madre ese ser monstruoso que yace bajo la superficie, regresa al
río junto a su hija Nerita, ambas dadas por muertas previamente. Su partida,
más que una huida, parece un retorno a su origen, un cierre que abraza lo que
siempre han sido: criaturas del agua. Esta revelación sobre Frances y Nerita
refuerza la sensación de que los Caskey están condenados por su propia
naturaleza, como si el río —ese elemento tan central en la saga— fuera el
destino inevitable al que todos están destinados.
Mientras la matriarca de los
Caskey se asegura de que su familia sobreviva más allá de la destrucción que se
avecina, toma decisiones frías y calculadas. Con precisión, organiza la
salvaguarda de los documentos importantes, enviándolos a la granja de Grace y
Lucille, y convence a Miriam de abandonar Perdido temporalmente. Aunque Miriam
duda, finalmente obedece y se refugia en Nueva York junto a Lilah y Malcolm,
alejándose del destino inexorable de su hogar. Esta parte refleja la última
jugada de Elinor, quien, aunque desmoronada, sigue operando con la lógica de
supervivencia que la ha caracterizado durante toda la saga.
En su último aliento, Blackwater
nos recuerda que, aunque los Caskey logran salvar algo de su legado, el precio
de sus secretos y ambiciones es ineludible. Las fuerzas que moldearon su
destino, ya sean naturales o sobrenaturales, arrasan con Perdido en un final
que combina tragedia, justicia y el eco eterno de los sacrificios que llevaron
a cabo.
‘La Lluvia’, como conclusión,
puede dejar al lector sintiéndose insatisfecho. McDowell cierra muchos cabos
sueltos, pero el desenlace carece del impacto emocional que se podría esperar
tras seis volúmenes de intrigas y tragedias. El final de Elinor, aunque
sorprendente, no se siente como un clímax, sino como un golpe repentino, casi
anticlimático. No creo que sea una falla narrativa, más bien elijo creer que
Michael escribió un reflejo del realismo brutal con el que ha manejado la saga.
La muerte de Elinor, junto con el trágico destino de los personajes
secundarios, deja claro que, al final, la muerte —como la naturaleza misma— es
imparable.

