No basta con saber leer: lo que Fundación de Asimov nos advirtió y no escuchamos
Volver a leer a Asimov en tiempos de algoritmos, noticias falsas y discursos vacíos no es nostalgia: es resistencia. Esta reflexión nació al retomar la trilogía de Fundación y ver en sus páginas no un futuro, sino un espejo de nuestro presente.
Empecé a releer la trilogía de
Fundación de Asimov en estos días inciertos, en medio del ascenso del fascismo
disfrazado, de la manipulación mediática y del desprecio por el pensamiento
crítico. Fue una necesidad, casi un acto reflejo: volver a esas páginas que me
enseñaron que los imperios no caen de un día para otro, sino que se desmoronan
por dentro, cuando el conocimiento se trivializa y los discursos se vacían de
sentido. Y, como si Asimov hubiese escrito desde el presente, sentí la urgencia
de escribir esto.
Tengo dos ediciones del libro: una de tapa dura, que me regalaron en la época en que escribía reseñas para una revista, y otra de bolsillo, que es la mía, la leída, la marcada, la llena de banderitas de colores y subrayados. Volver a ella es como conversar con la Pablirs que fui cuando lo leí por primera vez: más ilusa, quizás, pero igual de atenta al entrelineado. No solo veía la película en mi mente, sino que creaba universos dentro de los universos.
La trilogía de Fundación de Asimov no es solo un ejercicio de imaginación futurista, sino un reflejo de nuestro presente, una advertencia que reverbera con más fuerza AHORA que en la época en que fue escrita. El imperio galáctico en decadencia no es solo un escenario de ciencia ficción, sino una metáfora demasiado familiar: un mundo que, a pesar de tener más acceso al conocimiento que en cualquier otro momento de la historia, parece empeñado en despreciarlo, en diluirlo en el mar infinito de la trivialidad y el engaño.
Hari Seldon confiaba en que la
psicohistoria, la ciencia de predecir el comportamiento de las masas, podría
guiar a la humanidad a través de su propia estupidez, pero ¿qué pasa cuando la
estupidez se ha vuelto demasiado sofisticada, cuando ha aprendido a vestirse
con el lenguaje de la razón mientras vacía de significado cada palabra?
El conocimiento, en teoría,
debería ser un antídoto contra la barbarie. Pero hoy no vivimos en una era de
ignorancia pura, sino de algo más peligroso: la ilusión de sabiduría. Las redes
sociales, los algoritmos, los gurús de turno y los chantas ideológicos han
creado un ecosistema donde la verdad y la mentira no luchan en igualdad de
condiciones. No hace falta quemar libros cuando puedes enterrarlos bajo un alud
de basura digital, cuando puedes convencer a millones de que el conocimiento es
elitista, que los expertos son conspiradores, que la realidad es solo cuestión
de perspectiva.
Asimov imaginó un futuro en el que la preservación del saber era la única esperanza contra el colapso. Pero no anticipó que el mayor peligro no sería la pérdida del conocimiento, sino su perversión. Hoy, la información está en todas partes, pero la sabiduría escasea. La gente no es analfabeta; sabe leer, pero ha olvidado cómo pensar. Y en ese vacío, prosperan los demagogos, los vendedores de humo, los que convierten la complejidad del mundo en eslóganes vacíos y consignas virales.
El plan de Seldon dependía de que
la humanidad, en su conjunto, eligiera la razón sobre el instinto. Pero qué
pasa cuando el instinto se disfraza de razón. Cuando la gente cree estar
pensando críticamente, pero solo está repitiendo dogmas empaquetados en memes y
videos de treinta segundos. Nunca antes habíamos tenido tantas herramientas
para educarnos, y sin embargo, nunca antes habíamos estado tan cerca de una
nueva edad oscura, una en la que la verdad no es destruida, sino corrompida.
Quizás la verdadera lección de
Fundación no es que el conocimiento nos salvará, sino que solo nos salvará si
somos capaces de reconocerlo, de honrarlo, de no permitir que se convierta en
otra mercancía más en el mercado de las ideas. Porque el peligro no es la
ignorancia, sino la indiferencia hacia la verdad. Y en ese sentido, el colapso
no es un evento futuro, sino un proceso que ya estamos viviendo, día a día,
cada vez que elegimos el ruido sobre la señal, la comodidad sobre el rigor, la
ilusión sobre la lucidez.
Es como volver a los archivos de
la Segunda Fundación: hay que leer entre líneas, ajustar variables, calibrar el
rumbo de las ideas para que el desenlace no sea caos, sino claridad. Porque el
problema no es solo que el conocimiento haya fracasado en salvarnos, sino que
hemos dejado de creer en él como salvación.
Seldon escondió la verdad en una
red de eruditos y calculadores porque temía la pérdida del saber acumulado.
Pero hoy el conocimiento no se ha perdido: se ha vuelto ubicuo, accesible, casi
obsceno en su abundancia. La información no es poder si nadie sabe cómo usarla,
si se confunde con opinión, si se consume como entretenimiento y se descarta
como basura apenas deja de ser novedosa. La psicohistoria predecía el
comportamiento de las masas, pero ¿cómo calcular el efecto de una era en la que
las masas están intoxicadas de datos pero desnutridas de comprensión?
No es que la gente no sepa; es que sabe demasiadas cosas falsas con la misma certeza con que antes se sabían las verdades. Como me dijo, con tono de broma y resignación, la sabia Hugo “Olga Marina” de Osorno, mientras hablábamos de esto:
“Lo único que parece mantenerse con certeza en el tiempo es la falsedad y la búsqueda absurda de una verdad maquillada, que simplemente está ahí, rondando y creciendo como una bola que cae al vacío existencial de quienes siguen a las masas perdidas en su propio mundo”.
Y quizás, sin saberlo, también le dio al clavo.
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