Recursión de Blake Crouch: Cuando la ciencia manipuló la memoria (y nos robó el pasado)

 










Hay libros que te golpean el pecho y se quedan ahí, latiendo como una segunda conciencia. ‘Recursión’ de Blake Crouch (Editorial Océano 2020) es uno de esos: una historia que empieza como un thriller científico y termina como un espejo roto donde todos nos vemos reflejados. La premisa parece sacada de un sueño febril: una neurocientífica, Helena Smith, crea una silla capaz de preservar recuerdos para curar el Alzheimer, pero sin querer descubre que puede hacer mucho más: reescribir el pasado, crear realidades alternas, jugar a ser Dios. Lo que comienza como un acto de amor se convierte en una pesadilla recursiva, un bucle de consecuencias que se ramifican como neuronas disparando en cadena.

Detrás de esta idea hay un experimento real que parece sacado de la novela: en 2012, los neurocientíficos Steve Ramirez y Xu Liu del MIT lograron implantar un falso recuerdo en el cerebro de un ratón. Usando luz láser y proteínas sensibles, hicieron que el animal “recordara” un trauma que nunca existió. Fue un hito científico, pero también una advertencia: si esto era posible en un laboratorio con ratones, ¿qué impediría que alguien, en el futuro, llevara la manipulación de la memoria hasta extremos inimaginables? Crouch toma este concepto y lo estira como un campo de distorsión, para mostrarnos un mundo donde la memoria ya no es un archivo sagrado, sino un documento editable, hackeable, tan frágil como un sueño al despertar.

La novela se bifurca en dos personajes que son caras de la misma moneda: Helena, la científica obsesionada con salvar a su madre de la niebla del Alzheimer, y Barry Sutton, un detective roto por la pérdida de su hija. Helena, como una Oppenheimer moderna, ve cómo su creación, nacida del amor, desata un caos que no puede controlar.  Cuando sus caminos se cruzan, el mundo ya está desmoronándose: la silla ha caído en manos equivocadas, los gobiernos la usan como arma, la gente común la utiliza para escapar de sus errores, y el tiempo mismo empieza a agrietarse.

Lo genial de Crouch es cómo convierte la física teórica en algo visceral: los saltos temporales no son trucos de magia, sino manifestaciones físicas de nuestro eterno conflicto con el pasado. Cada vez que alguien usa la silla, no solo cambia las experiencias ya vividas, sino que se pierde un pedazo de sí mismo. Porque la memoria no se puede editar impunemente: es el tejido mismo de quienes somos.

Y eso es parte de lo más admirable de la novela: a pesar de abordar temas complejos como la neurología, la física cuántica o la percepción del tiempo, ‘Recursión’ es un libro perfectamente legible, atrapante y ágil. Blake Crouch es un genio que convierte conceptos abstractos en emociones reconocibles, en dilemas humanos. No necesitas ser científico para entender lo que está en juego, porque es lo más íntimo que tenemos: los recuerdos, el amor, la posibilidad del arrepentimiento o del perdón.




Marcus Slade, el villano de esta historia, no es un monstruo, sino algo peor: un hombre mediocre que cree tener derecho a controlar el descubrimiento de Helena. Es el lado oscuro de la ciencia, el ego disfrazado de progreso, el Edison que roba a Tesla y luego incendia el laboratorio para que nadie más pueda probar la verdad. Su diálogo con Helena “Tus limitaciones te impiden evolucionar” es el grito de guerra de todos los que prefieren destruir antes que compartir. Marcus no es solo egoísta, es un parásito cognitivo: alguien que, como el pájaro cuco, no quiere competir sino usurpar. Se alimenta del trabajo ajeno, destruye las bases del conocimiento colectivo para imponer su voluntad. Su propósito no es avanzar, sino poseer.

Pero la verdadera fuerza de la novela está en Helena y Barry, en cómo sus fracasos se entrelazan, en cómo el amor y la culpa los empujan a intentar una y otra vez, como si el universo les estuviera diciendo que no hay respuestas fáciles, que algunas heridas no se curan ni con todo el tiempo del mundo.

Al final, ‘Recursión’ no es solo una novela sobre el tiempo, sino sobre la memoria como último refugio de lo que somos. En una era donde ya se experimenta con la edición de recuerdos, donde el pasado es un territorio en disputa, Crouch nos lanza una pregunta incómoda: ¿realmente queremos este poder? Y aquí otra genialidad del autor: la silla nunca falla. Somos nosotros los que fallamos. Los gobiernos la convierten en arma, los individuos en escapismo, y el mundo arde una y otra vez. Es una crítica feroz a nuestra obsesión por reescribir el pasado en lugar de aprender a vivir con él.

En una era de deepfakes, revisionismos históricos y guerras por la memoria, esta novela resulta casi profética: ¿De qué sirve dominar el tiempo si no sabemos qué hacer con él? Nosotros, esa especie defectuosa que tropieza una y otra vez con la misma piedra, incapaz de aprender, de soltar, de aceptar que la vida duele, pero que ese dolor también nos hace quienes somos.

Sin embargo, esa es mi lectura, ya que ‘Recursión’ no es una historia cínica. Es, en el fondo, una novela de amor. Un amor entre mentes gemelas como Helena y Barry, pero también un amor a la memoria, al vínculo, al deseo de reparar lo irreparable. En su final abierto —una puerta tocada, un reencuentro posible—, Crouch nos deja con una chispa de esperanza. No de que todo pueda arreglarse, sino de que, incluso entre los escombros del tiempo, aún podemos elegir amar.

 

🔁 Tiempo. Memoria. Amor. Si esto te atrapó, el libro te espera acá 






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