Nombrar es poseer: Una lectura de Babel de R.F. Kuang desde la periferia y la resistencia
Todo comienza en 1828,
pero Babel o la necesidad de la violencia:
Una historia arcana de la revolución de los traductores de Oxford no es una novela histórica en sentido clásico:
es una disección feroz del poder, del lenguaje y de las formas sofisticadas que
adopta el colonialismo. Robin Swift queda huérfano en Cantón tras una epidemia
de cólera y es llevado a Londres por el enigmático profesor Richard Lovell.
Allí, durante años, es moldeado con una disciplina implacable en latín, griego
y chino, con un único objetivo: ingresar a Babel, el prestigioso Instituto de
Traducción de la Universidad de Oxford.
En este mundo, la magia (o más bien una tecnología revestida
de misticismo) se manifiesta a través de barras de plata. Estas funcionan
gracias a lo que se pierde en la traducción entre dos lenguas: el match-pair,
esa fisura inevitable entre palabra y significado. Esa pérdida, capturada y
explotada, es lo que sostiene el progreso del Imperio Británico: barcos más
veloces, infraestructuras indestructibles, una hegemonía que parece
incuestionable. Pero Kuang es clara desde el inicio: no hay neutralidad en esta
tecnología. La plata labrada se alimenta del despojo lingüístico y cultural de
los pueblos colonizados, y Robin pronto comprende que el esplendor imperial se sostiene, literalmente, sobre la extracción
violenta de su propia tierra natal.
Uno de los ejes más dolorosos de la novela es el desarraigo.
Robin, Ramy y Victoire —provenientes de China, India y Haití— no son
simplemente estudiantes brillantes: son recursos estratégicos. El Imperio no solo roba materias primas;
roba personas. Extrae a estos niños de sus territorios porque necesita su
lengua, su conocimiento íntimo del idioma como experiencia viva, pero a cambio
les exige algo brutal: que olviden quiénes son. Son criados como “ingleses” con
el fin de neutralizar cualquier vínculo con sus luchas soberanas. Se trata de
un secuestro intelectual y afectivo disfrazado de oportunidad académica.
Kuang retrata la hipocresía del capitalismo imperial. El
conflicto del opio en China no aparece como telón de fondo, sino como una pieza
central del engranaje colonial. Inglaterra busca “convertir el vicio en virtud”:
exporta droga para financiar su expansión mientras la prohíbe dentro de sus
propias fronteras. No es solo una contradicción moral, es una estrategia
deliberada para debilitar comunidades enteras desde dentro. Este mecanismo, la
destrucción social presentada como necesidad económica, resuena con fuerza en
múltiples contextos históricos y contemporáneos, desde las dictaduras
latinoamericanas hasta las políticas neoliberales que castigan siempre a los
mismos cuerpos.
Pero el poder que describe Babel no es únicamente económico o militar; es, sobre todo,
narrativo. Quien controla el lenguaje
controla la realidad. Babel, como institución, no solo traduce: decide qué
significados importan, qué pérdidas son aceptables y quién paga el costo de
ellas. Los “dueños de la palabra” construyen relatos que justifican guerras,
encubren abusos y convierten la explotación en progreso. Es imposible no leer
esta dimensión sin pensar en el rol actual de los medios de comunicación,
capaces de fabricar consensos y demonizar cualquier intento de transformación
social que amenace los privilegios establecidos.
En este entramado, el personaje de Letty cumple un rol
clave. Ella encarna a quienes “florean la
jaula”: sujetos que, aun siendo marginales en ciertos aspectos, deciden
aferrarse a las migajas del privilegio racial y de clase. Letty no es una
villana caricaturesca; es mucho más inquietante que eso. Su violencia es
pasiva, su lealtad al sistema se expresa
en la negación constante del dolor ajeno. Prefiere creer que pertenece,
aunque el precio sea traicionar a quienes considera amigos. Kuang muestra con
crudeza cómo la cercanía al poder puede nublar cualquier sentido de justicia, y
cómo el privilegio, incluso cuando es frágil, se defiende con uñas y dientes.
La relación entre Robin y el profesor Lovell condensa la
lógica colonial en su forma más íntima. Lovell no es solo su mentor ni
únicamente su padre biológico: es su opresor. Le arrebata su nombre original (que
nunca llegamos a conocer) para imponerle uno que “suene inglés”, borrando desde el inicio cualquier rastro de
identidad previa. Este gesto no es anecdótico: es una declaración de
principios. Nombrar es poseer, y el
Imperio lo sabe. Robin es formado para servir a una maquinaria que lo
necesita, pero jamás lo reconocerá como igual.
Cuando los becarios se vinculan con la sociedad secreta
Hermes y deciden tomar Babel para impedir una guerra injusta contra China, la
novela plantea su pregunta más incómoda: ¿es
necesaria la violencia? Kuang no ofrece respuestas fáciles ni moralismos
tranquilizadores. En un sistema que controla la ley, la economía y el discurso
público, la vía institucional aparece como una trampa cuidadosamente diseñada
para perpetuar la desigualdad. La resistencia pacífica, aunque éticamente
deseable, se revela insuficiente frente a un poder que no tiene conciencia,
solo intereses.
En ese sentido, Babel
funciona como un espejo brutal de nuestro presente. Desde las injusticias
estructurales en Chile hasta la colonización persistente de Palestina, la
novela recuerda que la radicalización no
surge del fanatismo, sino de la pérdida sistemática de todo: territorio,
lengua, historia, futuro. Cuando incluso la voz es arrebatada, la ruptura
deja de ser una opción para convertirse en una consecuencia.
Babel o la necesidad
de la violencia es un libro necesario y profundamente doloroso. Obliga a
pensar el lenguaje no solo como herramienta de comunicación, sino como campo de
batalla. La autora, nos recuerda que traducir nunca es un acto inocente, y que
el silencio, cuando se impone o se elige, también es una forma de complicidad.
Si el Imperio no reconoce humanidad, sino únicamente utilidad, entonces tal vez la fractura no sea un
exceso, sino el único gesto posible de dignidad.

