R.F. Kuang trilogía de la Guerra de la Amapola: Después de la última batalla
Hay libros que se terminan y otros que simplemente se quedan
contigo. Llevo días intentando escribir esta reseña y, cada vez que me siento
frente al teclado, termino borrándolo todo. No porque me falten cosas que
decir, sino porque La guerra de la
amapola es una de esas historias que dejan más preguntas que respuestas.
Después de tres libros y más de dos mil páginas, descubrí que no estaba
pensando en chamanes, ni en las batallas, ni siquiera en los dioses. Lo que
seguía dando vueltas en mi cabeza era otra cosa: las decisiones.
Creo que eso es lo que más me impresionó de la trilogía de
R. F. Kuang, compuesta por La guerra de
la amapola, La república del dragón y El dios en llamas. Muchas veces se
habla de ella como una obra fundamental del grimdark, pero siento que su mayor
fortaleza no está en la crudeza de la violencia, sino en la forma en que
entiende el poder. La guerra, al final, no se sostiene únicamente con
ejércitos. Necesita relatos. Necesita convencer a unos de que otros merecen
morir.
Los hesperianos representan esa idea de manera brillante. Su
racismo no es impulsivo; está cuidadosamente construido bajo una lógica
pseudocientífica. Miden cráneos, clasifican tonalidades de piel, jerarquizan
culturas y convierten esas teorías en una justificación para colonizar Nikan.
No solo quieren controlar un territorio. También buscan reemplazar su lengua,
su historia y su identidad porque están convencidos de que pertenecen a una
civilización superior. Sin embargo, la autora nunca cae en la comodidad de
dividir el mundo entre buenos y malos. La violencia nunca pertenece
exclusivamente a un bando. También se hereda.
Cuando conocemos a Altan, resulta fácil incomodarse con la
forma en que llama a los habitantes de Mugen cruzas de monos. Es una expresión
brutal. Pero luego entendemos de dónde viene. Altan sobrevivió al genocidio de
Speer. Creció viendo cómo la Federación de Mugen arrasó provincias completas,
exterminó poblaciones y convirtió Golyn Niis en uno de los episodios más
atroces de toda la saga. El odio que siente nace del trauma, pero Kuang jamás
lo presenta como una excusa. Al contrario. Nos muestra cómo incluso las
víctimas pueden terminar reproduciendo exactamente el mismo mecanismo de
deshumanización que un día utilizaron contra ellas.
Y entonces aparece Rin.
Durante buena parte del primer libro acompañamos a una joven
brillante que solo quiere escapar de la pobreza. La vemos esforzarse en
Sinegard, sobrevivir a un ambiente hostil y descubrir un poder que ni ella
comprende del todo. Cuando el Fénix aparece en su vida, Rin cree haber
encontrado finalmente algo que nadie podrá arrebatarle: una fuerza capaz de darle
la libertad que siempre le negaron. Pero el poder del Fénix nunca fue una
salvación. Con el paso de los libros entendí que representaba algo mucho más
peligroso: una fuerza que promete devolverle el control, pero que termina consumiendo
a quien cree dominarla. Rin siempre pensó que podía recurrir al fuego cuando lo
necesitara, pero poco a poco descubrimos que era el fuego quien comenzaba a
decidir por ella.
Creo que ahí ocurre uno de los movimientos más arriesgados
que he leído en fantasía. Cuando Rin decide invocar al Fénix y destruir Mugen,
no sentí que R.F. Kuang estuviera intentando justificar un genocidio. Lo que
hizo fue algo mucho más incómodo: mostrar cómo una persona puede convencerse de
que un genocidio es la única respuesta posible después de haber conocido un
horror inimaginable. Quizás lo más perturbador es que la autora no nos permite
observar esa transformación desde lejos; nos obliga a acompañarla. Vimos a Rin
como una víctima, luego como alguien que busca justicia, hasta que, casi sin
darnos cuenta, se convierte en alguien capaz de repetir la misma violencia que
la destruyó. Como lectora nunca estuve de acuerdo con sus decisiones, pero sí
entendí el camino que la llevó hasta ahí. Y eso me asustó mucho más, porque esa
es la lógica de toda radicalización: nadie despierta un día convertido en un
monstruo. Se llega hasta ahí.
Porque el verdadero golpe para Rin no es solo descubrir lo
que es capaz de hacer, sino comprender que la guerra nunca fue únicamente una
sucesión de batallas. También era política. Después del exterminio de Mugen,
comienza a entender algo que hasta entonces le había pasado por encima: la
Emperatriz Roja permitió que provincias enteras fueran sacrificadas durante la
invasión de Mugen con tal de ganar tiempo y negociar una paz que mantuviera
vivo al resto del imperio. Es una decisión monstruosa. Pero también es una
decisión de gobierno. Y ahí la escritora vuelve a obligarnos a enfrentarnos con
una pregunta para la que no existe una respuesta correcta: ¿cuántas vidas puede
sacrificar un gobernante para salvar un país?
A medida que avanza la trilogía, esa pregunta se repite una
y otra vez: Vaisra, Su Daji, la Tríada y los hesperianos toman decisiones sobre
la vida de otros como si fueran movimientos dentro de un tablero mucho más
grande. Rin nunca deja de ser un arma en manos de alguien. Incluso cuando cree
haber tomado el control de su destino, ya hay fuerzas políticas, militares o
divinas empujándola hacia una dirección determinada.
Pero posiblemente una de las formas más brutales en que
Kuang muestra esa deshumanización es a través del cuerpo de sus propios
personajes. Rin descubre que incluso aquellos que hablan de liberación o de
salvar un país son capaces de convertir a otros seres humanos en simples
instrumentos de poder. La Federación de Mugen no buscaba únicamente conquistar
Nikan; también quería apropiarse del conocimiento y de las habilidades de
quienes podían controlar las fuerzas divinas. El laboratorio donde Shiro
experimenta con los prisioneros es una de las imágenes perturbadoras de la
trilogía porque muestra que la violencia no siempre llega con un ejército
invadiendo una ciudad. A veces llega con batas, instrumentos y la promesa de
que todo se hace por el bien del conocimiento.
Y lo más inquietante es que los hesperianos terminan
repitiendo exactamente esa lógica. Cuando capturan a Rin y después continúan
experimentando con Nezha por su vínculo con el Dragón, la novela vuelve a
recordarnos que los imperios pueden cambiar de nombre y de discurso, pero el
mecanismo permanece intacto: cuando alguien deja de ser visto como persona y
pasa a ser considerado un recurso, cualquier atrocidad puede justificarse. Y
quizás esa sea la contradicción más dolorosa de la trilogía: incluso quienes
intentan detener esa maquinaria terminan tomando decisiones que la alimentan.
Por eso terminé mirando a Nezha con otros ojos.
Confieso que durante buena parte de la saga me costó
entenderlo. Incluso llegué a frustrarme con algunas de sus decisiones. Pero el
último libro cambió completamente mi percepción. Mientras Rin seguía intentando
ganar la guerra, Nezha ya estaba pensando en cómo sobreviviría el país después
de ella. Aceptó convivir con los hesperianos. Cedió soberanía. Hizo concesiones
que parecían imperdonables. Sin embargo, mientras leía no podía dejar de
preguntarme qué otra opción tenía. Nikan estaba devastado. Las ciudades habían
sido destruidas. La población moría de hambre. Quizás aceptar una paz
profundamente injusta era la única manera de conservar algo que todavía pudiera
reconstruirse.
Y entonces entendí algo que no había visto hasta ese
momento. Rin y Nezha nunca estuvieron luchando por el mismo país. Rin luchaba
por una idea de libertad absoluta, aunque el precio fuera seguir acumulando
cadáveres. Nezha luchaba por dejar un país en pie, aunque eso significara
aceptar una independencia incompleta: las utopías de unos siempre terminan
convirtiéndose en las distopías de otros. No creo que la autora tome partido
por ninguno de los dos. Más bien nos deja contemplar las consecuencias de ambas
decisiones.
Hay escenas que todavía no he podido sacarme de la cabeza.
El cruce de la cordillera, por ejemplo. Las dos niñas recurriendo al
canibalismo con una naturalidad aterradora. Más adelante, la resignación de Rin
al permitir que el ejército se alimentara de los muertos para sobrevivir. La
novela ya no está preguntando qué está bien o qué está mal. Está preguntando
qué ocurre cuando la supervivencia elimina cualquier posibilidad de elegir.
Algo parecido me ocurrió con Tikani. Cuando Rin descubre que
cada vez le resulta más fácil apartar la mirada de los niños reducidos a piel y
huesos, sentí que Kuang estaba hablando de algo que también nos ocurre fuera de
la ficción. La sobreexposición al horror termina anestesiándonos. Abrimos las
redes sociales, vemos hospitales bombardeados, niños bajo los escombros,
familias desplazadas y, después de unos minutos, seguimos desplazando el dedo
sobre la pantalla. No porque seamos indiferentes, sino porque el ser humano no
puede sostener ese nivel de dolor de manera permanente.
Mientras leía esas páginas, pensé muchas veces en Palestina.
No porque la novela pretenda representar un conflicto específico, sino porque
los mecanismos se parecen demasiado. La deshumanización del otro. La
construcción de discursos para justificar la violencia. La normalización del sufrimiento.
Cambian los nombres y los territorios, pero las preguntas siguen siendo las
mismas.
El final terminó de convencerme de que La guerra de la amapola nunca fue una historia sobre la magia. Fue
una historia sobre el costo de gobernar. Sobre el precio de sobrevivir. Sobre
las decisiones que nadie quiere tomar.
Rin comprende demasiado tarde que ya no existe un futuro
posible para ella. Entonces hace algo que me rompió el corazón. Le pide a Nezha
que la mate. No como un acto de derrota, sino como la última decisión política
que puede ofrecerle. Si el hombre que derrotó a Rin logra ganarse la confianza
de los hesperianos, quizás todavía exista una oportunidad para reconstruir
Nikan. Pero Nezha no quiere hacerlo. Y entonces Rin busca a Kitay.
Creo que ese fue el momento que más me emocionó de toda la
trilogía. No porque sea espectacular, sino porque es profundamente humano.
Kitay entiende lo que Rin está pidiendo. Entiende que ya no le está preguntando
cómo ganar una guerra. Le está preguntando si todavía existe alguna forma de
salvar lo que queda del país. Cuando él asiente, no está aprobando una muerte.
Está aceptando que ya no queda ninguna decisión capaz de evitar el sufrimiento
de todos.
Después de cerrar el libro me encontré haciendo un ejercicio
bastante absurdo. Pensé en la China actual y me descubrí imaginando que, de
alguna manera, Nezha había logrado reconstruir Nikan. Después me reí sola
porque, evidentemente, Nikan no es China. Pero creo que esa fue la prueba de
que Kuang había conseguido exactamente lo que quería: dejarme pensando en lo
que ocurre después de las guerras. Nunca sabremos si Nezha lo consiguió. Solo
sabemos que alguien tuvo que quedarse vivo para intentarlo.
Quizás esa sea la razón por la que sigo pensando en esta
trilogía días después de haberla terminado. No porque tenga una respuesta para
todas las preguntas que plantea, sino porque me dejó una certeza incómoda: en
una guerra, hasta las decisiones tomadas para salvar algo pueden convertirse en
aquello que termina destruyéndolo.
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Una historia sobre guerras, poder, trauma y las decisiones que nos transforman para siempre.





